sábado, 25 de marzo de 2017

Cuelga tú… No tú...No tú... Venga los dos a la vez: a la de una, a la de dos, a la de……¡FELIZ PRIMAVERA!

      
       
      Pues...¡ya está aquí la primavera! Eterna inspiración de poetas y pintores, en donde los colores de la naturaleza se disparan, el sol ilumina con todo su esplendor y los animales abandonan su hibernación mientras van abriendo lentamente los ojos, expectantes de saber cómo seguirá el mundo después de tantos meses. Esa romántica estación donde las flores se visten con sus mejores galas tras sumergirse en un perfumado baño y la mayoría de las especies comienzan sus rituales de aparejamiento. Esa apasionante estación donde el amor estalla por los rincones y los humanos pierden su voluntad, víctimas de sus revolucionadas hormonas.


        ¿Sí? ¿De verdad? ¿Todo eso es la primavera……?

        ¡Ay amigos, hasta en eso se cambia con la edad!

        El año pasado, por estas fechas, hice una publicación que os gustó mucho y que se titulaba “Día de palomitas y Pretty Woman” y en la que, una vez más, desnudaba mi alma para haceros participe de mi “bajón primaveral”

        Esta madrugada sucederá una de las cosas que más desbarajusta mis células y que más despista a mi (ya de por sí despistado) cerebro. Esta noche amigos: a las dos……¡serán las tres! ¡Ole tú!

        Hay millones de teorías, la gran mayoría en contra, sobre este cambio de horario (no nos olvidemos que el “tocar” en España las manecillas del reloj lo estableció Franco para lamerle el culo a Hitler).

        Yo solo sé que estaré una semana hecha polvo y que por la mañana tendré que dar la luz en mi casa porque no veré ni donde está la nevera. Pero anochecerá mas tarde. ¿Y? Si esperamos unos cuantos días y dejamos que la naturaleza siga su curso, también veremos como el día se alarga, y de esa manera habremos ahorrado un gran trastorno a unos colectivos que no acaban de entender por qué tienen que comer tan pronto y por qué se tienen que ir a la cama cuando todavía no tienen sueño: los niños, las personas mayores y los animales (de todas las clases y tamaños).

        Pero bueno felices enamorados….¡Ah la primavera! Época maravillosa de alergias y astenias; de ojos rojos y narices peladas (de tanto kleenex); de dudas existenciales delante del armario cada mañana para decidir qué ropa ponerse para no morir achicharrados en pleno mediodía con lo que nos hemos puesto al salir de casa por la mañana.

        Ya se sabe, sobretodo los dos primeros meses para poder llevar una existencia más o menos tranquila, hay que hacerse socio del club de las amarilidáceas…. Ja,ja,ja, ahí os he pillado ¿eh? He querido poner el nombre científico del club para que tuviera más impacto, pero coloquialmente se le conoce como: El club de las cebollas.

        Y es que si hay una frase que se repite (mejor dicho, repetimos)  hasta la saciedad en esta fantástica época del año es: “Hay que hacer como con las cebollas, ir quitándote capas”. Y efectivamente, nos pasamos el día en un constante striptease urbano: me quito el abrigo; me quito el jersey; me quito la blusa; me quito la camiseta, me quito…….¡vale, vale…..ya está!


        Pero no quiero que os hagáis una idea equivocada de mí y penséis que no soy romántica o que soy demasiado realista. A mí me vuelve loca la naturaleza y me sigue sorprendiendo la belleza de una flor, o enamorando el canto de ese pájaro madrugador que llama a su compañera en la copa de un árbol. 

        Me gusta la luz, me emociona un bolero….. Bueno, la verdad es que me emocionan demasiadas cosas. No sé si será por las alergias o porque tengo la sensibilidad a flor de piel pero simplemente el elegante vuelo de una mariposa hace que se me inunden los ojos de lágrimas.

        En fin amigos que ¡Viva la Primavera! Enamoraros, haced locuras y vivid a tope. ¡Ah! y un consejo... no os olvides del paquete de pañuelos (por si acaso)

        Un beso primaveral y os dejo con una de mis canciones favoritas cantada por un auténtico “romántico”.



  











sábado, 18 de marzo de 2017

¡VIVA LA GENERACIÓN SIN TITULO UNIVERSITARIO!

Pertenezco a esa clase de generación en la que lo normal era acabar los estudios y ponerte a trabajar.

Las carreras estaban destinadas a las personas con mucha vocación o con unos padres con mucha vocación de que sus pipiolos fueran “algo más” el día de mañana.

¡ DI QUE SÍ....!
En mi época de juventud no había los cientos de carreras que hay hoy en día y, tal vez por ello, la gran mayoría de esos futuros universitarios tenían muy  claro qué querían ser.

Quizás por eso entonces, quien empezaba una carrera (a veces con un esfuerzo económico heroico por parte de su familia) la acababa. Antes jamás se escuchaba: “Mi hijo el año pasado empezó tal carrera pero a mitad de curso se dio cuenta que no le gustaba y la dejó, y este año está haciendo tal otra pero… parece que tampoco le convence”.

De todas formas no me extraña, porque la presión que tiene la juventud hoy en día es enorme. Sí o sí hay que seguir estudiando; sí o sí hay que ir a la universidad; sí o sí hay que demostrar que se vale para algo que, posiblemente, en su vida se les ha pasado por la cabeza que les gustaría hacer.

Desgraciadamente en muchas ocasiones, cuando todavía no están lo suficientemente maduros para decidir algo tan importante para su futuro, se les ponen delante de sus ojos una “apetitosa” lista de carreras con rimbombantes nombres para elegir. Como si fuera el menú de MacDonald’s y tuvieran que elegir por la foto qué hamburguesa les gusta más: La Masala Grill, la McChicken…. laMcSpicy Paneer…..

A lo mejor hay alguna que en apariencia parece exquisita pero que cuando las estás comiendo dices: “¡Ay no! si llevaba… ¡Ay no! si pensaba que este ingrediente era otra cosa ….. y entonces, una de dos, o la dejas en el plato de plástico, o te la comes de mala gana con el riesgo de que acabes vomitándola en la primera esquina.

Pero volvamos a mi reivindicación. No por tener una carrera vales más; no por tener una carrera eres más inteligente; no por tener una carrera tienes que mirar por encima del hombro a quienes no la tienen.

Una vez una chica joven, recién salida del horno universitario, me preguntó, de manera bastante altiva refiriéndose a otra persona: “ Y esta señora, ¿qué carrera tiene? Me la quedé mirando y con la mayor seriedad del mundo le contesté: La misma que yo…. “La de la liebre” (creo que todavía no lo ha pillado).

Hay muchas cosas que no se enseñan en las Universidades y cuyo conocimiento no se adquiere por más másters o postgrados que se hagan aunque sea en el centro mas importante (y caro) del mundo.

Para manejarte en la vida hay que saber tocar muchas teclas y algunos pentagramas no se escriben en las pizarras de las aulas.

Ya sabemos que es una de las frases más usadas a lo largo de los tiempos pero ¡es tan real!... “La mejor escuela es la de la  vida”.

La escuela de los golpes, de las zancadillas, de las caídas y sobretodo la escuela del saber levantarte y saber seguir adelante.

¿ A QUE TENGO PINTA DE PERIODISTA?
¿Sabéis? yo ahora, si el destino no hubiera querido jugar conmigo, sería una periodista  "soñando" con jubilarse.

A los tres meses de llegar con mi familia a vivir en Barcelona comencé en una academia los estudios de 5º de bachiller (entonces llamado bachiller superior). He de reconocer que a esa niña de quince años, recién llegada de una pequeña capital, acostumbrada al colegio de monjas y a las faldas de la mamá, la academia mixta en donde todos se conocían y la gran mayoría hablaban en catalán…..se la comió con patatas.

Aun así encontré mi sitio y aprobé todas las asignaturas en junio examinándome en un colegio oficial. Todas menos la de dibujo artístico (mi auténtica bestia negra). Jamás he sabido hacer ni el típico perrito con cuatro trazos.

Fui tan buena estudiante que los directores de la academia me animaron para que me preparara y me examinara en septiembre del siguiente curso. Es decir: estudiar todo un curso de nueve meses en dos y medio, y nada menos que el último del bachiller. ¡Lo hice!

Fue el peor verano de mi vida porque desde que me levantaba hasta que me acostaba me lo pasaba estudiando mientras el resto del mundo iba a la playa y se divertía.

Una de las cosas de las que más orgullosa me siento de  mi vida es que aquel curso lo aprobé entero (en dos meses y medio......). Pero en aquella convocatoria de septiembre me tuve que examinar nuevamente de la asignatura de dibujo y….¡la volví a suspender!

Empecé la preparación a la universidad haciendo COU en una escuela (esta vez de las más importantes de Barcelona). Allí, entre otras cosas, me enamoré perdidamente de mi profesor de francés.  Se llamaba Guillaume y llevaba una trenca azul….

Acabé el primer trimestre con unas notas extraordinarias y comenzamos a mirar todo lo necesario para matricularme cuando acabara el curso en la Universidad de Periodismo (o como se llamara entonces) ¿Quién me lo iba a impedir?

En febrero me volví a examinar por última vez de la asignatura pendiente; era mi última oportunidad para seguir estudiando ya que no se podía continuar en COU con una asignatura suspendida. Los nervios eran horrorosos, necesitaba ese aprobado. ¡Por el amor de Dios! el no saber dibujar una mesa con una manzana encima no me podía frustrar una carrera…..

Nunca se me olvidará: una calle muy empinada, una tarde fría y gris y yo bajándola llorando como una loca con el papel de “suspendido” en la mano.

Tuve que dejar la academia y a los dos meses empezaba mi auténtica carrera, la que me iba a acompañar fielmente hasta el día de hoy: la laboral.

Todo mi cariño a esas generaciones a las que no les ha hecho falta un titulo enmarcado en la pared para demostrar que el mundo sin ellos, sin sus conocimientos y sin su trabajo no hubiera funcionado.

¡Ah, para vuestra información! al final acabé aprobando el dibujo.....


sábado, 11 de marzo de 2017

PON UN MEDICO EN TU VIDA

Si hay dos profesionales a los que acabamos recurriendo, más tarde o más temprano,  a lo largo de nuestra vida y a los que nos encantaría tener en nuestra familia, o entre nuestros amigos o como vecinos en  la escalera esos son : el médico y el abogado.

El resto de las cientos de profesiones que existen interesan a quien interesan y, por supuesto que tienen importancia y sin algunas de ellas el mundo dejaría de funcionar, pero ¿qué te puede solucionar particularmente un ingeniero aeroespacial, o una geóloga? ¿En qué momento de tu vida necesitarías recurrir a un licenciado en ciencias del transporte y la logística? En cambio, cuántos dolores de cabeza (nunca mejor dicho) nos hubiéramos ahorrado si en un momento determinado de nerviosismo o de ofuscación, hubiéramos podido coger el teléfono, o llamado al timbre del 2º 1ª y haber preguntado por aquel malestar que nos ha venido de repente, y nos está asustando, o por aquel papel que nos acaban de dejar certificado y,  solo de tocarlo, ya nos ha dejado más helado que un sorbete de limón.

Es curioso porque mientras nos da mucha más confianza un abogado serio, frío y con un lenguaje técnico, necesitamos todo lo contrario en un médico.

Si ante algo nos sentimos vulnerables (absolutamente todos) es ante una bata blanca. Toda nuestra entereza y nuestro dominio se coloca en la cuerda floja en el momento de entrar en una consulta. Por eso es tan importante que detrás de esa mesa, o de ese  fonendoscopio haya un “ser humano”.

Ya sabéis que siempre os cuento mis experiencias. Esta semana fui a hacerme unos análisis rutinarios de control y se los llevé a mi doctora de medicina general (me gustaba más el nombre que se les daba antes: médico de cabecera). Es una doctora que se ha convertido en una amiga. Pertenece a la mutua de mi empresa y es….¡una pasada!

Alta, fuerte y, de entrada, reservada. Te da la mano con firmeza, te invita a sentarte y te mira a los ojos (no como otros que te preguntan qué te pasa mientras están escribiendo en el ordenador).

La química existe o no existe, eso lo sabemos todos. Hay personas que, sin ningún motivo aparente, te repelen y en cambio hay otras a las que les contarías tu vida desde el día que naciste.

Pues esta doctora es de esta segunda clase. Desde el primer momento se creó una corriente de simpatía entre las dos. Supongo que también influyó que tiene una mascota y que hablando de libros se enteró que yo era escritora y acabó leyendo entusiasmada los míos. El hecho es que ahora nuestro primer saludo, cuando voy al centro donde trabaja, es un par de besos.

Teresa (no daré más pistas no sea que se me enfade) es de esas doctoras que hacen desaparecer los miedos y que da importancia solo a lo que tiene que dar pero tampoco te hace sentir como un hipocondríaco; respeta el espacio a las dudas y a los fantasmas que todos podemos tener en un momento determinado.

Te deja hablar, te deja que tú mismo des “tu diagnóstico” que, naturalmente, ya has sacado buceando hasta casi quedarte sin aire en las páginas del doctor Google y entonces te explica con términos llanos, con palabras sencillas y hasta con dibujos, la traducción a tus preocupaciones o a los resultados que le has puesto encima de la mesa.

Hay ahora una serie en la televisión pública (TV1) que está teniendo mucho éxito. Es una serie de médicos que va por la tarde y que sin saber por qué razón, acaba enganchándote. ¿Qué tienen las series de hospitales que nos hipnotizan? ¿Qué extraño morbo hace que nos emocionemos viendo el sufrimiento ajeno? Aunque sepamos que todo es ficción, porque a los eminentes doctores los hayamos visto haciendo de asesinos de viejecitas el mes pasado en otra cadena, acabamos creyendo todo lo que dicen.

Y esa es otra, ¿por qué tienen esa estúpida y desesperante manía de hablar con términos médicos? ¿Qué clase de satisfacción les produce ver las caras de los pobres pacientes que no han entendido nada y que acaban suplicando, casi con vergüenza, que por favor se lo expliquen en  cristiano?

Nunca lo entenderé a no ser que se trate de una especie de sensación orgásmica que los haga sentir superiores. Los médicos son médicos porque hay pacientes. La medicina existe porque hay enfermos. No creo que ningún estudiante que sueñe con ser médico lo haga para poder, el día que acabe la carrera, hablar con  los demás colegas en términos grecolatinos. Entonces, ¿por qué no pueden diagnosticar a una pobre señora que lo que tiene es simplemente un sabañón en vez de “acojonarla” diciéndole: “Le hemos detectado un eritema pernio? (Esto le ocurrió a un persona muy cercana a mí, con el consiguiente susto).

Mi querida doctora Teresa empatiza con la persona que tiene delante y sabe que palabras usar en cada momento, y si hay que hacer una broma, la hace y si hay que alertar de algo, alerta, pero sin angustiar. Yo creo que esa es la diferencia de ser un profesional con o sin vocación.

Las lecturas claras de los síntomas dependen, por supuesto, de la experiencia y de las muchas, muchísimas horas atendiendo cientos de casos.

Hace unos años, una lectura excesivamente alarmista de una analítica por parte del médico que entonces tenía, me llevó urgentemente a un especialista. Lo recuerdo como uno de los peores momentos que he pasado en mi vida. Cuando al cabo de tres días estaba sentada delante de este especialista, las piernas me temblaban. Él leyó el informe que el médico le había hecho y me miró. Nunca se me olvidarán sus palabras. Cito textualmente:

Sra. Lakatos,  y perdone la expresión, pero a usted ¿por qué coño le   han tenido que pedir estos marcadores?

La culpa había sido mía porque hacía poco había fallecido un compañero de trabajo y yo “aprensiva en grado sumo” solicité al doctor que incluyera en la analítica “algo” para detectar si podía tener “algo”.

Y el especialista continúo: estos marcadores no indican nada. Para que fueran preocupantes tendrían que ir asociados a otras cosas que ni siquiera se las han pedido. Si están más altos de lo normal puede ser debido a un montón de cosas: desde una pequeña infección hasta un estado de estrés. Pero ¿sabe lo que se ha conseguido con pedir esta analítica?

Mi cara era de asombro total.

Pues primero: que usted haya pasado tres días sin dormir (cierto) y segundo: que ahora me vea obligado a hacerle unas pruebas (con el dinero que cuestan) porque, aunque yo sé positivamente que no hay nada, quiero evitar que si de aquí treinta  años  usted tienen algún problema no pueda decir: yo una vez tuve unos marcadores altos y no me hicieron caso.

Efectivamente, el escáner demostró que estaba más fresca que una lechuga.

Qué importante es encontrar esa persona que te entienda, que no te juzgue, que comprenda tus temores y que te haga salir más ligera que un pajarillo si todo está bien, o  te dé su mano y te  acompañe en el difícil camino que vas a tener por delante si realmente hay que luchar.

Mis querido amigos/lectores, cuando a veces la niebla de los miedos oculta la visión clara al raciocinio que bueno es que haya personas, como la doctora Teresa, que abren la ventana de par en par para que entre el sol.


Un beso a todos. ¡Ah! y algún día hablaremos de abogados.

sábado, 4 de marzo de 2017

DOÑA LUISA ABARRATEGUI AZCÁRATE


¡Guapa!
Mis queridos amigos/lectores, permitidme que en esta 80 cumple-publicaciones (80 semanas seguidas con vosotros compartiendo historias y emociones), le rinda mi pequeño homenaje a una gran mujer, y en su nombre a todas las grandes mujeres que llevan muy pegado a su corazón la maravilloso palabra de “madre”.

Luisa o Luisina como la llamaban las muchiiiiiiiiisimas personas que la querían, es la madre de dos de mis mejores amigas: Yolanda y Marisa. Amigas desde el día (hace ahora más de 42 años) en que empezamos a trabajar juntas. 

Entonces éramos adolescentes con las hormonas en plena efervescencia, y hablábamos de amores y desamores. Ahora, después de tantísimos años, creo que seguimos teniendo una parte de ese corazón de adolescentes, pero nuestras hormonas y  nuestros temas de conversación ya giran en torno a  las pre-jubilaciones. Ja,ja,ja.  ¡Es la vida!

Si Luisa hubiera nacido en Madrid, se habría dicho de ella que era una mujer de rompe y rasga: por su carácter, por su fuerza y por su enorme personalidad, pero…. nació más arriba;  allí donde el maravilloso Cantábrico estrella espectacularmente sus olas y donde la belleza del paisaje, de la arquitectura y de las gentes, han constituido una de las villas más  bonitas del mundo: Comillas (Santander).

Supongo que todos los comillanos están orgullosos de serlo, pero si ha habido una mujer que ha ido siempre enarbolando la bandera de su Comillas natal fuera donde fuera,  esa era Luisa.

Hace dos semanas, después de casi un siglo de vida, se despidió de todos los pobres y sufridos seres que nos quedamos en este mundo de estrés, de prisas, de nervios, de angustias, de envidias y de maldades con un : “Hasta luego Lucas” y se marchó donde ya la esperaban ansiosos, con un vasito bien frío de vino blanco (su favorito): sus hijos, su marido, sus padres, su hermana, sus abuelos, sus bisabuelos, sus tatarabuelos, sus tíos, sus amigos…..¡Madre mía cuanta gente!, hay mucha más allí que aquí (seguro que la armó nada más llegar).

Tengo su imagen y sobretodo su voz grabada en mi memoria. La conocí cuando vivía en Barcelona, en un paréntesis comillano que hizo durante unos años, y en que aprovecharon para venir al mundo sus dos adoradas hijas.

Su marido Ramón se pasó media vida en alta mar, peinando y poniendo guapos a los que compartieron con él cientos de horas, a través del mundo entero, en barcos tan importantes como el Magallanes. Fue un hombre callado y discreto.

Aquí estoy, en mi querida Comillas, con Luisa,
su hijo Jorge y mi amiga Carmeta.
 ¡Qué bien lo pasábamos!
Luisa, como yo la llamaba formalmente (ella a mí me llamaba "la cantante"), era una mujer extrovertida, alegre, divertida, luchadora y siempre pendiente de los suyos pero…. sin arrumacos. Quizás no fue una madre o una abuela de aquellas que llenan de besos la cara de sus nietos; quizás no le hizo falta tener en la boca todo el día frases de cariño, pero ese afecto y ese amor no les faltó  jamás a quienes la rodearon.

Maravillosa "canguro" de sus nietos cuando recién acabado el colegio llegaban a Comillas a pasar todo verano mientras su madre se quedaba trabajando  en Barcelona. He sido testigo, en primera persona, del amor que todos ellos le profesaron.

¿Sabéis como demostró siempre su cariño? no dando nunca preocupaciones a nadie; no exigiendo nada y agradeciendo con la mejor de sus sonrisas todo lo que recibía.

Era la típica (o atípica, habría mucho que decir sobre esto) persona a la que a la pregunta: “¿Como estás mama? su respuesta siempre era la misma. “Bien hija, muy bien”, aunque quizás en ese mismo momento se estuviera preparando un bocadillo de aspirinas. Jamás quiso que nadie sufriera por ella.

Luisa era también una grandísima conversadora. No sé qué tipo de estudios tenia, ni cuál era su formación académica, pero quisieran para sí muchos políticos la verborrea y el entusiasmo con que defendía sus ideas. Supongo que es porque los dos llevan en sus venas la sal del Cantábrico pero a veces cuando veo a Miguel Ángel Revilla me la recuerda y pienso: ¡Ay la señora Abarrategui, si hubiera tenido una cámara delante….!

En sus ideas no se casaba con nadie: pensaba lo que pensaba y quería lo que quería.

Fue una mujer libre y liberal, muy adelantada a sus  tiempos, con la mentalidad abierta y sobretodo que intentó vivir y dejar vivir.

Su recuerdo y su nombre no se perderán jamás porque el legado humano que ha dejado irá pasando de una generación a otra. De hecho, sus biznietos la han podido conocer y estoy segura que la figura de su bisabuela les acompañará toda la vida.

Todos hemos pronunciado en un momento o en otro la frase: "Hay que pasar el duelo”.  El duelo es dolor, y el mayor dolor que provoca no tener ya físicamente a la persona que quieres es precisamente eso: no tenerla cerca, no poder tocarla, no poder escucharla.

Los que, como yo, hace tiempo que ya habeis superado ese duelo, o al menos habeis aprendido a vivir con él, estaréis de acuerdo conmigo en que la persona no se va: sigue a tu lado.

A veces decimos: “Cuánta falta me haría ahora mi madre para que me aconsejara……” Simplemente con que, desde la tranquilidad, buceemos en nuestro interior y recordemos lo que tantas veces nos habían dicho, seguro que escucharemos sus palabras. Sabemos perfectamente qué nos dirían o  nos aconsejarían en cada momento; solo tenemos que aprender a escuchar con el alma.

       Mi cariño más sincero a Marisa y Yolanda (y a toda su troupe). Mi querida amiga Paloma el otro día me recordaba que todas las madres de nuestro grupo de amigas, ya descansan. Es lo que tiene que nosotras nos vayamos haciendo mayores....

        Querer mucho, mucho, a las que todavía podéis darles un abrazo, y recordar que las "otras" no se han ido, simplemente... van un paso por delante de nosotros. Un beso grandisimo, Luisina.