sábado, 26 de noviembre de 2016

CON LOS OJOS EN LAS MANOS



El martes estaba esperando que llegara mi metro, en una céntrica estación, y una chica se detuvo en una tienda de ropa que hay dentro de las instalaciones, ya en el andén. Esas pobres tiendas a las que solo se les hace caso  en el compás de un metro a otro. A veces veo cosas bonitas y siempre me digo lo mismo: “Un día de estos vengo con más tiempo y miro si hay algo que me guste” (nunca encuentro ese tiempo)

Era una chica alta, rubia y muy elegante que fue recibida con cariño por la dependienta. La chica se iba guiando con un bastón: era invidente.

Me chocó muchísimo porque comentó que iba a “mirar” ropa. La dependienta la cogió del brazo y delante de todo el género le fue explicando cómo era cada una de las prenda. Hubo un jersey de lana que le llamó la atención y se dirigieron expresamente hacia él. La dependienta lo descolgó del perchero y se lo acercó. La chica invidente lo fue examinando con las manos: con calma, centímetro a centímetro, y después con una gran sonrisa dijo: ¡Qué bonito!

Quise hacer la prueba por la noche en casa. Abrí mi armario de ropa, que me lo tengo más que conocido, cerré los ojos y al azar estiré la mano, cogí una percha y saqué, no la primera pieza que estaba colgada, porque podía ser más fácil adivinarla, si no la que había debajo (mi ropero no es un vestidor y varias prendas han de compartir, como buenas chicas, la misma percha) La toqué y retoqué, y me costó muchísimo descifrar cual era. ¿Sabéis por qué? porque con las manos yo estaba descubriendo cosas (tejidos, detalles) que con los ojos no me había percatado. Aquella pieza (una blusa) que yo intentaba reconocer, me la había comprado porque me había gustado su colorido y lo demás me había pasado casi desapercibido. El sentido del tacto me hizo descubrir una nueva blusa.

Hacer el experimento. Que alguien os dé cualquier objeto que tengáis en casa y que posiblemente lo estéis viendo cada día. A lo mejor os lleváis una sorpresa.

¿Cuántas cosas dejamos de apreciar por no ver….mas allá? Miramos sin ver. Pasamos la vista por todo sin enterarnos de lo que estamos viendo.

 Mi ignorancia me ha hecho preguntarme en alguna ocasión: ¿cómo puede saber una persona, que jamás ha visto, lo que es bonito y lo que no? La respuesta es bien sencilla: La belleza está dentro de nosotros. Ese jersey que tanto le entusiasmó a la chica invidente, seguro que tenía un tacto especial que a ella, en aquel momento, le ayudó a experimentar la sensación que tendría al rozarle su piel. ¡Sensaciones!  ¡Nada más!

¿Cuándo dejaremos de estar pendientes de los demás para hacer las cosas? ¿Cuando dejaremos de vestirnos, de comportarnos, hasta de vivir según los cánones de una sociedad absurda?

¿Quién es más libre, esa chica que se dejó llevar por la maravillosa suavidad del jersey o quien lo compra simplemente porque ese año es moda?

Hoy llevo una jersey negro calado con una camisa de color que sobresale por debajo. Me encuentro bien, ¡guapota! Esa misma camisa que asoma, hace unos años hubiera sido una horterada llevarla así. Seguro que alguien me habría dicho: “Se te ve la blusa”. ¿Y?

Que fantástico será el día que tengamos la suficiente personalidad como para hacer lo que nos dé la gana y lo que sintamos en el momento, sin estar esperando siempre la opinión o del veredicto de los demás.

Dicen que las personas a las que les falta algún sentido desarrollan mucho más el resto. ¡Curioso! A los que tenemos los cinco a base de querer tener seis nos quedamos en tres.

Hay tanto para: Ver….oír….saborear…..tocar….oler……. Busquemos el tiempo para pararnos delante de ellos y disfrutarlos al máximo. Que no sea el lema de nuestra vida la famosa frase de: "Solo te das cuenta de lo que vale cuando lo pierdes"

   
Muchos amigos me habeis dicho que os gusta cuando ilustro la publicación con algún vídeo de música. Cerrar los ojos y dejaros llevar por esta maravillosa aria de la ópera Adriana Lecouvreur (Cilea). Cuenta la historia de una gran diva del teatro  que reconoce ante su público, que la escucha ensimismado,  que ella es tan solo el humilde instrumento que hace llegar las palabras del Genio Creador a los corazones. "Mi voz es un soplo que muere cada mañana"

Esta está cantada por la mágica voz de una de las mejores sopranos de todos los tiempos: Mirella Freni.

Espero que os guste. Un beso a todos  



sábado, 19 de noviembre de 2016

LOS ABUELOS: ¿CANGUROS ……..VOLUNTARIOS?


Ya sabéis que me gusta compartir mis vivencias con vosotros. Os contaré tres casos de “abuelos canguros” con los que me encuentro, cada día, cuando salgo a pasear con mis perras, a primerísima hora de la mañana (para algunos todavía madrugada).

Desde hace casi tres años, sobre las 6:40 AM, veo de lejos un matrimonio de unos 65 años. Vienen caminando con paso lento. Nos solemos cruzar por el mismo sitio. Se les ve con más apariencia de entorno rural que de ciudad. En los días en que el termómetro marca  2 o 3 grados, ella va siempre cogida del brazo de su marido, con un gran bolso, gorro, bufanda tapándole hasta los ojos, guantes y una cara de mucho frio y mucho sueño. Él va un poco más ligero de ropa pero con la misma cara de sueño. Al principio yo calculaba: "Para encontrármelos a esta hora, ¿cuándo se han debido levantar? Mínimo a las 6". Un día que tenía fiesta los vi, sobre las 9 de la mañana, acompañando a un niño pequeño hasta la puerta del colegio.

Llevo más de un mes observando a otra pareja de abuelos (estos un pelín más jóvenes), que esperan en una esquina (bien abrigados)  la llegada de un coche. De él bajan los padres con dos niños pequeños y sus respectivos juguetes. ¡Hasta un patín! Cuando el coche se va y la mamá saca la cabeza por la ventanilla para lanzar un último: ¡Adioooooos cariños! los abuelos se meten en una casa próxima.

Y el otro caso es en una plaza por donde también realizo el paseo matutino: Un coche aparca, casi en la misma puerta, baja un chico al que recibe la madre que ya está en el portal, bien enfundada en su bata, y recoge a otro pequeño también con sus consabidos juguetes y bolsas.

Todos son ejemplos de abuelos canguros. Pero de abuelos canguros que, quizás, estarían soñando con la jubilación para poder levantarse a la hora que quisieran (que para eso se habían pasado media vida madrugando), o para ir más relajados o, simplemente,   para tomarse la vida con más tranquilidad.

¿En qué fatídico momento les dijeron a los hijos: “Si nos necesitáis…….?” O en qué ocasión, presos de una enajenación mental transitoria, les comentaron: “No vais a pagar un canguro para que os lleven a los chiquillos al colegio. Para eso estamos nosotros……..” ¿Habló la abuela en nombre del abuelo? ¿El abuelo el nombre de la abuela? ¿Estaban de acuerdo los dos? ¿Se vieron obligados?

Es extraordinario tener hijos y es extraordinario tener un trabajo pero, ¿qué culpa tienen los abuelos?

Yo jamás podré ponerme en su piel,  pero mi puñetero defecto de empatizar con todo el mundo, me hace pensar en la inmensa responsabilidad que les cae encima a estas personas. Ya no tienen ni los reflejos, ni la elasticidad, ni la salud, ni posiblemente las ganas, de cuando tenían cuarenta años menos. 

Seguro que la mayoría de ellos lo lleva con gran naturalidad y sin excesivas preocupaciones, pero habrá otros que sufrirán, y mucho, porque un niño es imprevisible y porque, a fin de cuentas, quienes los educan son sus padres.

A mí me gustaría que esta “necesidad” de padres que tienen algunos hijos, y ese encontrarlos tan válidos y tan maravillosos, les durase toda la vida.

Por desgracia, dado este mundo de vorágine, de prisas y de egoísmo, cada vez escuchamos más frases de auto convencimiento como: “¡Qué más quisiera yo que tener tiempo para ir a verlos,  pero es que no puedo…..”

Y es que, esos impagables abuelos canguros, valen….. ¡mientras valen!

Sé que para todos ellos (los que les obligan a ejercer y los que lo hacen libremente), los nietos son la mayor de las bendiciones. Solo tengo que observar la cara de mi prima Maria Fernanda, o de mi amiga Yolanda, o de tantos otros amigos (cada vez mas).   

Pero que disfruten de esos nietos yendo a buscarlos al colegio un día, o cuando  se los traigan a casa, o cuando se los queden toda una noche para que sus padres, ¡por fin!, puedan ir a cenar y a celebrar su aniversario de boda (seguro que será una noche mágica). O cuando se los dejen unas mini-vacaciones, porque ellos quieran, y estén esperando ilusionados poder dedicarles todo su tiempo y empaparse de ellos: de su alegría y de su vida.

Desde aquí, desde este pequeño rincón, cada vez con más habitantes, rindo mi mayor homenaje, con toda mi admiración y mi cariño, a esos seres que llevan toda la vida dándolo todo. La figura de los abuelos queda grabada a fuego en la memoria del niño. Con ellos se consigue muchas veces, esa complicidad que con los padres es más difícil.

Aunque los abuelos no sepan inglés y les cueste relacionarse con las nuevas tecnologías, tienen una sabiduría que, de mayor, te arrepientes de no haberla aprovechado al máximo.

       A mis queridos abuelos Rosita y Venancio. Me gustaría tener una varita mágica para poder retroceder en el tiempo y daros ese beso que, seguramente, porque creí que ibais a ser eternos, no os di. 

sábado, 12 de noviembre de 2016

¡YA ESTÁN AQUÍ LAS LUCES!


Sé que todos los años es lo mismo, aunque creo que cada vez empiezan antes, pero el mirar hacia arriba, cuando salgo de mi céntrico trabajo, y encontrarme con que unos bonitos y modernos cables están empezando a cruzar ya las calles, llenos de bombillas ansiosas porque les den el pistoletazo de salida, me sigue atenazando garganta. 

  ¡¡¡Ya está aquí la Navidad!!!

Desde hace muchos días, casi desde que guardé las chanclas con arena todavía en sus suelas, las tiendas orientales están atiborrando sus estanterías con: bolas, adornos, casitas para el belén, árboles de plástico, etc,etc,etc.

A mis muchos años, y después de mis muchísimas Navidades, podía haberme acostumbrado, y haber apacentado mi espíritu para ver estas fechas como lo que son: algo pasajero que, en realidad, duran tan solo 5 o 6 días. ¡Fíjate!, menos de una semana al año…. ¡Eso no es nada!

Gracias a Dios yo no puedo argumentar, en mi defensa, que mi reticencia a estas fiestas sea porque me falten 20 euros en la cartera para hacer un regalo; o porque no pueda poner en mi mesa ricas comidas; o porque (lo más importante), alguien de los míos, o yo misma, estemos enfermos….. Sé que en eso soy una súper afortunada. ¡Cuántos millones de personas se matarían por tener una de las cosas que yo tengo, y las veo normales!

Sin embargo, son días que me producen un encogimiento del alma. Me siento mucho más vulnerable y todo me emociona. Sentimientos a flor de piel, que salen disparados con los primeros compases de un villancico.

El intimísimo “Noche de Paz” o el popular “Pero mira como beben los peces……!  hacen que las compuertas de mis infantiles recuerdos se abran de par y par, y las lágrimas se escapen sin que nada pueda detenerlas.

¿Y sabéis que es lo peor de estas fechas? ya no el absurdo, exagerado y demencial consumismo, si no esa obligación de ir con la sonrisa permanente en la boca. El tener que “aparentar” una felicidad, una alegría y un entusiasmo que, posiblemente, no se siente y que lo único que consigue es agotar física y psíquicamente.

Pero en el fondo, como “mi niña” cada vez va cogiendo más fuerza, a medida que me voy acercando más al: ”Señora, ¿quiere sentarse?”, me sigo quedando pegada en los escaparates de las tiendas de juguetes, y en las paradas de las ferias navideñas, esperando encontrar ese regalo especial y original para sorprender a los que yo quiero. Y continuo devanándome los sesos, pensando qué voy a poner el día de Nochebuena en casa (por supuesto algo que no tenga que cocinar en el horno, ni que requiera leerme cien veces la receta en un libro, de entrada muuuuy fácil, pero que luego a la hora de la verdad dudaré: ¿le falta alguna hoja?)

Reconozcámoslo, la Navidad es maravillosa en los hogares donde hay un pequeño para el que, cada figurita que se  ponga en el Belén, o cada guirlanda que se cuelgue en el árbol, van a significar una explosión de alegría y de entusiasmo.

Para el resto, para los adultos, hay demasiados recuerdos y demasiadas ausencias que parecen cobrar en esta época, mucho más protagonismo del que, ya de por sí, tienen cada día.

En fin, queridos amigos, prometo no poner nada más de Navidad hasta el día 24 de diciembre en que os desearé, de todo corazón, que seáis muy felices y así haréis felices a los que os ven desde….un poquito más lejos. Tal vez, desde esas bombillitas que iluminan la ciudad.

sábado, 5 de noviembre de 2016

EL CUENTO DEL PISO QUE VIVÍA EN EL PASADO




Érase una vez que se era, un piso triste y amargado que vivía en una vieja y regia casa, en pleno barrio céntrico de una ciudad cualquiera.

No tenía ningún trato con los demás pisos, ni acudía nunca a las Juntas. Su puerta siempre estaba cerrada y cualquier movimiento del exterior le molestaba.

Ø  Ayer le escuché como gruñía porque mis habitantes estaban cantando.
Ø  Es que lo hacen muy mal, todo sea dicho.
Ø  Bueno, pero estaban felices y eso a mí me da mucha alegría.
Ø  Yo lo que he notado es que hay un olor muy malo. Debe hacer años que no se limpia las paredes.
Ø  ¿Las paredes?, ¡Ni nada!
Ø  Ni se abre un poco las ventanas para airearse.
Ø  Allí debe haber de todo. ¡No quiero ni pensar la de porquería que debe tener acumulada!
Ø  Mientras no nos llene a nosotros de bichos…
Ø  Debería dejar su estúpido orgullo y permitir que lo habitaran. No va a poder seguir aguantando esa terca postura mucho más tiempo
Ø  Y más vale que lo habiten por las buenas, que no por las malas. Acordaros del desdichado 4º 3ª
Ø  ¡Calla, calla! que cada vez que lo pienso se me mueven los ladrillos. Lo que llegó a padecer el pobre con aquellos impresentables. Lo dejaron destrozado.
Ø  ¿Verdad que le arrancaron hasta los grifos?
Ø  Sí, tuvo una hemorragia enorme de agua.
Ø  Su conducta nos va a perjudicar a todos. No puede pasarse la vida anclado en el pasado. Todos hemos vivido tiempos mejores. Todos estábamos acostumbrados a que nos vistieran con las mas bellas alfombras y cortinas, y que nos decoraran con exquisitas pinturas y refinados muebles. En cuanto nos dolía algo, allí estaba el electricista o el fontanero para curarnos. Pero…..las cosas cambian. Los humanos, por desgracia, viven poco y no siempre sus herederos nos quieren, o nos pueden mantener.
Ø  Mis últimos habitantes eran muy jóvenes pero se peleaban continuamente. Me habían tirado más de un plato al suelo. Hasta que un día, desaparecieron.
Ø  La vida sigue, queridos amigos y hemos tenido que adaptarnos a las nuevas circunstancias. Yo, os he de confesar, que estoy muy feliz de poder cobijar a familias que me necesitan para seguir viviendo.
Ø  Pues a mí me ha llegado el rumor que uno de estos días vienen a visitarlo.
Ø  ¡Madre mía! No sé si deberíamos avisarle
Ø  ¡Hazlo tú! Yo no me acerco a su puerta ni loco.

Roquefort que había estado escuchando la conversación desde un discretísimo y casi imperceptible agujero al lado del rellano, se metió corriendo por las tuberías y subió hasta la casa del piso amargado y triste.

Aunque sabía que nunca era bien recibido, no le importaba. Estaba convencido que no era malo y le daba mucha pena su soledad. En realidad él era el único que le daba conversación. Los demás “inquilinos” que escampaban a sus anchas por las habitaciones, eran muy reservados.

Ø  No voy a dejar que entre nadie
Ø  No digas tonterías. Sabes que lo harán igualmente: ellos tienen la llave de tu puerta.
Ø  No se lo voy a poner fácil. Soy capaz hasta de derrumbarme
Ø  ¡Hala, hala!  En mi opinión…
Ø  ¿Quién te la ha pedido? ¿Qué me interesa a mí la opinión de un insignificante ratón? Vuélvete a tu agujero y déjame en paz. 
Ø  ¿No quieres recobrar la alegría que tenías antes? Eras un piso precioso: con mucha luz, con mucha vida, lleno de buena energía. 
Ø  Porque los habitantes que aquí vivían, eran personas de una categoría social que me daba prestigio. ¿Sabes lo que llegaron a pagar por mí? Esta casa había sido escenario de grandes fiestas, donde corría el champagne y las ostras. En este mismo comedor han estado sentados: médicos, abogados, jueces…..
Ø  Me estás hablando de hace mas de cien años. Tus últimos habitantes no pertenecían a este élite
Ø  Eran gente con clase
Ø  Que se pillaron los dedos pidiendo una hipoteca que no pudieron devolver. Piso, por favor, pruébalo. Dales la oportunidad de conocerles y de que te conozcan. Seguro que son gente maravillosa.

Al día siguiente Roquefort pudo sentir el nerviosismo del Piso. No quería ceder, pero también reconocía que la tristeza le estaba invadiendo.

Cuando abrieron la puerta,  aparecieron tres figuras grandes y una pequeña. Al principio el Piso no fue capaz de distinguirlas por la oscuridad que reinaba. Una de ellas se adelantó, y dirigiéndose a una de las ventanas, levantó la pesada persiana dejando entrar tanta luz, que el Piso tuvo que cerrar los ojos para no cegarse. Cuando los abrió, poco a poco fue distinguiendo las otras tres figuras. Horrorizado exclamó:

Ø  ¡Son negros!

A lo que Roquefort le contestó de inmediato

Ø  ¡Son personas!

Iba a poner toda su maquinaria en funcionamiento para que aquellos intrusos se marcharan de allí. De ninguna de las maneras iba a consentir albergar dentro de él (donde habían alternado médicos, abogados y jueces), a unos individuos que, seguramente, no sabrían ni apreciar su valor. Él era un piso de lujo y…..

Pero de repente, algo hizo que sus cimientos comenzaran a tambalearse. 

La pareja de adultos se cogieron de la mano, y la mujer a la vez, cogió la pequeña mano de una niña que le miraba con unos ojos inmensamente bellos, dentro de una redondita cara aterciopelada, adornada por unas coletas, que intentaban dominar un rebelde y rizado pelo color azabache.

 Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas y emocionada dijo:

Ø  ¡Es nuestro hogar!

Piso se quedó extrañado. Cuando se habían referido a él, siempre habían dicho: el piso, la casa, la residencia….

La pequeña se soltó de la mano de la madre y comenzó por su cuenta a pasear por todas las habitaciones. Piso la miró un poco incómodo porque estaba seguro que encontraría muchos defectos, y que diría que estaba sucio, y que le faltaban cortinas y, que le faltaba pintura a sus paredes….. Aquella niña no lo había conocido en su máximo esplendor cuando allí lo visitaban médicos….

Pero quedó absolutamente desconcertado cuando la vio aparecer nuevamente en el comedor y comenzó a saltar alrededor de sus padres mientras gritaba excitada:

Ø  ¡Ya he visto mi habitación, ya he visto mi habitación! ¡Es preciosa!, pero... le voy a traer mi muñeca porque me parece que está un poco triste.

Roquefort se acercó al Piso y pudo notar como estaba temblando de emoción.

Ø  ¿Qué? ¡viejo cascarrabias!, ¿no te alegras de hacer tan felices a estas personas? O….¿no son de tu clase social favorita?

Piso bajó los ojos que estaban a punto de humedecer todas las paredes, lanzó un sonoro suspiro, y dejando asomar una tímida pero orgullosa sonrisa, le respondió

Ø  Me han llamado… ¡Hogar!

Y a partir de aquel día, todos vivieron felices y comieron…. ¡Qué mas da! Una simple manzana compartida con los quieres se convierte en el mejor de los manjares. ¿A que sí?