viernes, 24 de junio de 2016

LOS ANIMALES NO OLVIDAN

     
¿Qué pensará?
Cuando voy paseando con Nina por la calle y veo que su actitud, a pesar de los cinco meses que ya lleva en casa, sigue siendo de miedo, de temor ante cualquier movimiento extraño, de recelo ante cualquier persona que vaya detrás de ella, de pánico incontenible ante un fuerte ruido, o incluso que llega, si por cualquier motivo yo alzo un poco más la voz (un tropiezo o un estornudo) a tirarse
  al suelo en un acto de auténtica sumisión, como esperando un castigo…. Cuando la veo que sufre y que esa larga cola sigue sin querer izarse, y que las bellas orejas no encuentran fuerza para levantarse, me gustaría poder darle una pastilla mágica y que olvidara todo su pasado.

     ¿Qué los animales no tienen memoria? ¿Qué si les pasa algo malo lo olvidan? ¡Qué más quisieran muchos humanos! ¡Qué mas quisieran, para lavar sus podridas conciencias, que aquellos animales a los que han maltratado, o vejado, se olvidaran de todo el sufrimiento que ellos les han ocasionado!

     Cuando estamos en casa y la achucho, y la abrazo, y ella empieza a emitir esos pequeños gruñidos de alegría y de sorpresa, dejándose querer, me gustaría más que nunca que me entendiera. Que fuera ya creyendo que no le va a pasar nada malo; que está protegida; que somos muchos los que la queremos, y que vamos a luchar por ella y por su felicidad.
Le gusta meterse en la cuna de Maià, aunque no quepa

     Nina no sabe besar. Si me acero, le doy un beso y le digo: “Venga, ahora tú…..” se me queda mirando con esos preciosos ojos tristes y lo máximo que hace es mover su enorme cola.

     Maià, desde la sabiduría que le dan los años y la vida tranquila (más o menos) que lleva desde que nació, a veces se aproxima a su cuna y la observa con curiosidad (todo el cuerpo de ella es casi como la cara de Nina).

     Hubo unos días, al principio de su llegada, que me empecé a obsesionar con la idea que le pudiera hacer algo. Pensaba: “Mira que si un día saca todo el genio que ha ido aguantando durante tantos años y cuando Maià se le acerque por algo, ella se rebota y la muerde”. Un mordisco de Nina, se la traga entera. Pero no, ella es incapaz de hacer mal a nadie.

     
Mi niña bonita
Me imagino que entre ellas hablan, o se comunican de alguna manera. No sé cómo: tal vez con el pensamiento, tal vez por las ondas, tal vez por los sentimientos. Seguro que Maià le pregunta: ¿De qué tienes miedo?, y Nina le contesta: ¡De todo!

     Ojalá Maià pueda transmitirle lo que yo no puedo. Ojalá ella le diga que yo soy buena, que la quiero (a veces demasiado, recalcará) y que cuando las dejo solas tantas horas, no es porque las abandone, es porque me tengo que ir a trabajar para que ellas puedan comer bien, puedan tener veterinarios que las protejan y puedan tener calor en invierno y fresquito en verano.

     Ojalá Maià consiga que Nina aprenda a disfrutar de los paseos, sobre todo los muy matutinos, cuando prácticamente no nos encontramos con nadie, la hierba huele a vida, el canto de los pájaros nos acompañan todo el camino, y el todavía medio adormilado sol, nos empieza a acariciar con sus tímidos rayos (luego ya cogerá confianza).

     Ojalá Maià pueda quitarle  los miedos y convencerla que “fuera” no está el enemigo. Que aunque vea otros perros, cada uno va con su dueño. Que las personas (aunque lleven bolsas, o vayan con bastón o vayan corriendo) no le van  hacer daño.

     Que si la gente a veces grita por la calle, no es que les pase nada, es que, simplemente, estamos en un país donde casi todo se dice gritando.

     Que si le pasa muy cerca una paloma, o una cotorrita o un gorrión, no  la quieran picar, seguramente querrán saludarla y darle los buenos días.

     Que si yo un día doy un golpe en la mesa, no es porque esté enfadada con ella, si no porque estaré cansada, muy cansada y es mi absurda forma de revelarme (los humanos somos complicados)

     Ojalá Maia sea esa pastilla mágica que yo tanto desearía tener. Y quizás ella logre, no que olvide el pasado, pero sí que aquello que la hizo sufrir tanto, quede en el rincón perdido de los recuerdos, 

     ¡Venga Nina!, hasta que no te arranque el primer beso, no voy a parar. ¡Te quiero, grandullona!

sábado, 18 de junio de 2016

EL VIEJO OESTE HA VUELTO A LOS SUPERMERCADOS


   Hace unos meses hice una publicación, muy celebrada por cierto, en la que hablaba de la absurda competitividad en todo, que nos aumenta el grado de imbecilidad a niveles que rallan el patetismo. Competitividad por ser los primeros, en lo que sea. Pero si hay un sitio en especial donde se desatan nuestros  peores “yos”, nuestra parte animal y salvaje, donde damos rienda suelta a ese espíritu apisonador de la supervivencia… es en las colas, y liderando el ranking: ¡Las colas en los supermercados!

    La primera cola con la que te "enfrentas", es la de la báscula de la frutería. Tú que vas con tus tomates, intentando memorizar la tecla que tienes que marcar, para no tener que volver a ponerte delante del cartel que te lo indica (siempre con la duda de si realmente la tecla 44 era la de los tomates en rama o la de los tomates pera), justo cuando te quedan unos centímetros para llegar a ella…. ¡Zas! se te cuela un señor acompañado de su señora con cuatro bolsas. Miras desesperado a ver si encuentras otra báscula, pero la que hay en la otra punta de la sección de frutería, tiene tres personas esperando. ¡Bien empezamos!

    Te colocas detrás de la tranquila pareja, y a medida que van colocando, muy lentamente eso sí, cada bolsa encima de la báscula, que el señor se quita las gafas porque no ve bien de cerca la tecla que tiene que tocar, que su señora le dice que no es la 23 si no la 24, que levanta la bolsa para asegurarse que la 24 es la de las mandarinas, que vuelve a colocar la bolsa y se decide finalmente a marcar la tecla apropiada, tú vas resoplando, moviendo el pie nerviosamente y hasta lanzando por lo bajini algún comentario del tipo de: “¡Madre mía…..! ¡Qué barbaridad….! ¡Para cuatro mandarinas…..!"

  La segunda cola es la de la pescadería. Te acercas al dispensador de números (generalmente sacas dos en vez de uno, porque se han quedado pegados), y cuando lo tienes en la mano, lo miras, miras el panel que tiene la pescadera colgando encima de su cabeza, vuelves a mirarlo y dices desconcertado:¡el 76! y ¿van por el 61….? ¡No puede ser, si son 15 números y aquí no hay más que cinco personas! Se han debido ir. ¡Qué bien!, así enseguida me toca. ¡Ay iluso!    Y como por arte de magia, van apareciendo por los pasillos, cual jinetes del Apocalipsis, los diez que faltaban  (sí, ya se que eran solo cuatro, pero aquí van acompañados).

   Y los observas con odio mientras piensas: “No se te caerá la estantería de pepinillos, aceitunas y cebollitas en vinagre encima…..” Y vuelves a resoplar, y vuelves a machacarte el pie contra el suelo. 

    Y cuando ya por fin te llega tu turno, cuando ya vas a gritar a los cuatro vientos: “Quiero una merluza: la mitad en rodajas, la otra mitad en filetes y la cabeza se la queda que a mí me da yuyu como me mira…” la pescadera le pregunta al que iba delante: ¿Quiere perejil?  ¡Sí, para los loros!

    Y por fín...¡el auténtico duelo! El momento crítico. El momento decisivo. El momento en que se te hiela la sangre y el aire se puede cortar con un cuchillo. El momento en el que te juegas tu credibilidad como súper woman/men. El momento de la verdad: la cola para pagar.

   Oteas el horizonte de un lado a otro; estudias, calculas y hasta intentas adivinar qué ha desayunado cada cajera, para ponerte en la cola “más rápida”, pero cuando estás en ella, te das cuenta que el cliente de la cola de la derecha, que ha llegado prácticamente a la vez que tú, está avanzando más….¡No, no, no!

    Para tu total exasperación, la señora que va delante de ti comienza a depositar, con toda la calma del mundo, sus compras en la barra corredera. Pero bueno…. ¿no puedo coger los productos de tres en tres en vez de uno en uno? ¡Señora, que es para hoy!
   
Y te vas poniendo nervioso, pensando que quizás (solo quizás), te hayas equivocado al elegir esa cola. Tú que tenías siete carriles, te has ido a poner en el de los lentos. Pero entonces, una satisfacción comienza a subirte por el estómago proveniente de tus zonas bajas, y una medio sonrisa se va colocando en tu cara sin que hagas el más mínimo esfuerzo por disimularla. La señora de los productos de uno en uno ya está acabando y tú ya vas colocando rápidamente los tuyos, medio tirando el cartel separador de “Próximo cliente”. ¡Sííííí, la cajera ya está por ti! Ya te ha dicho un mecánico “buenos días/tardes” y te ha preguntado, más mecánicamente todavía, si quieres una bolsa, cosa que, si hubiera tenido simplemente el detalle de ver tu enorme carro a rebosar, ya habría imaginado que ni dejando sin existencias la Fábrica de Bolsas de Plástico S.A., tendrías bastante.

    Es entonces cuando lanzas una mirada al cliente de la cola de la derecha, que te la devuelve con odio porque la suya, se ha detenido: El datáfono se ha bloqueado. ¡Ja,ja,jaaaaaaaaaaaa! 

    Y por fin, cuando metes tu tarjeta, marcas el número secreto (a la vista de todos) y recibes ese maravilloso mensaje de “PIN Correcto”, coges tu carro triunfalmente (mirando por última vez al cliente de la cola de la derecha, totalmente derrotado), y moviendo lentamente la cabeza de un lado a otro, como diciendo: “Pobre tonto, si la mejor cola era esta….”, te vas hacia la puerta que te conducirá al parking, en medio de un placer imposible de igualar, ni con la mejor de tus amantes (cosa difícil porque no tienes ninguna, pero vaya, eso es algo sin importancia).

    Esta hazaña increíble, si encima vas acompañado, alcanza niveles de éxtasis inimaginables. Miras a tu “parienta” y esperas esa frase que te llevará al mega orgasmo más absoluto: “Cariño, que ojo tienes. Da gusto ir contigo al súper, siempre te pones en la cola que va más deprisa. ¡Eres único, mi amooooooorrrrr!” (En realidad ella está pensando: que cara de imbécil se le ha puesto por ganar dos minutos)

sábado, 11 de junio de 2016

MI QUERIDO LICEO, MI QUERIDA ÓPERA, MIS QUERIDOS RECUERDOS


    El Liceo…. ¡Cuánto llegó a significar en mi vida!

    Yo viví una época, gracias a amistades muy vinculadas con el Teatro, en que prácticamente iba todas las semanas a ver una ópera diferente. Ahora que un título se puede estar representando durante un mes seguido, las obras entonces se iban sucediendo casi una tras otra. Quizás las producciones no eran tan espectaculares (y tan discutibles) como las de hoy en día, pero por aquel Teatro pasaron los mejores cantantes del mundo: Plácido Domingo, Carreras, Caballé, Pavarotti, Freni, Cossotto, Berganza, Aragall, Capuchilli, Pons, Kraus, Ghiaurov….. (yo tuve la suerte de verlos a todos)

    Cuando tenía unos maravillosos e insultantes veinte años, pude vivir momentos extraordinarios, emocionantes e inolvidables, al ser contratada como figurante (los extras del cine) para unas cuantas óperas. Era una experiencia única que te permitía vivir desde dentro cada función, conocer de cerca, cerquísima a los grandes divos del momento y sentir el calor y la fuerza de un teatro lleno a rebosar.

¡Que mesonera tan mona!
    Fui una de las doncellas de la Princesa Amneris en una antológica Aida, con Montserrat Caballé y Plácido Domingo, o la mesonera en la esperadísima reaparición de Alfredo Kraus en Werther.

    Como olvidar “los ánimos! que tuvimos que darle, una compañera y yo, vestidas de pajes, (¡pobres criaturas insignificantes dentro de la magnificencia de un Teatro como aquel!), a un Jaume Aragall, al que acompañábamos en su salida a escena en: Il Ballo in Maschera.

    Y mi anécdota favorita: Hice callar a Plácido Domingo en plena representación de la ópera Carmen. ¡Sí, sí, sí, no me lo invento!

    Los figurantes solo podían bajar al escenario momentos antes de salir a actuar, pero yo siempre me colaba, y me quedaba medio escondida entre bambalinas, siendo desde allí espectadora de primera fila de toda la función. No solo veía y escuchaba a los cantantes, si no que vivía con ellos los nervios previos a su actuación y la emoción de sus rostros cuando regresaban felices a sus camerinos después de recibir una aclaparadora ovación.

    Pues bien, en una función de la ópera Carmen de Bizet,  la extraordinaria  soprano Carme Hernández estaba cantando la bellísima aria Je dis que rien ne m’epouvante. El silencio en el Teatro era absoluto. Ni una tos, ni un movimiento en la silla: el aire se podía cortar. Ella, pequeñita y con una de las mejores voces que ha dado la lírica española, estaba emocionando a todo el público.

Esta foto es de la función de Carmen que os cuento
    De repente, ese mágico silencio se rompió dentro del escenario con un extraño ruido justo detrás mío, y yo, con el genio que a veces me caracteriza, me volví indignada sin saber a quién iba a digerir mi reproche en forma de un indignado: “Sssssssshhhhhh”, y ¡mira tú por dónde! el receptor a quién dio de pleno era Plácido Domingo.

    Jamás se me olvidará su cara. Otro divo divísimo como era él, me hubiera ignorado, pero él se me quedó mirando con una cara de gran preocupación, juntó las manos y sin emitir ningún sonido, movió los labios en un: “Perdón, lo siento…….”

    A su favor tengo que decir, que Plácido Domingo (caracterizado siempre por su profesionalidad y extraordinario compañerismo), tenía un motivo muy potente para ese inoportuno ruido. Justo después del aria de la soprano, él salía a escena y tenía que interpretar una pelea con el barítono (el torero Escamillo). Para no resbalarse en medio del escenario, caerse de bruces, y hacer el ridículo de la noche, pisaban repetidas veces un cartón que estaba en el suelo con resina, para que las suelas quedaran bien impregnadas.

Unas Bodas de Figaro muy modernas y yo con mi vestido rosa
  Como mis sueños de cantar como solista se iban apagando a medida que iba cumpliendo años, tuve la ocasión, aparte de intervenir dentro de un pequeño grupo de solistas en Las Bodas de Fígaro, de formar parte del Gran Coro del Teatro, en la espectacular ópera Turandot la temporada 1994.

    Los ensayos iban bien: con alegría, con nervios y con mucha ilusión, hasta que el 31 de enero, las radios, los teléfonos y las televisiones se empezaron a volver locas: “El Liceo se quemaba……” “El Liceo se quemó”. Dos días antes yo estaba pisando las maderas que horas más tardes quedarían convertidas en cenizas. ¡Es la vida! 

   
Gran concierto. A ver si me encontráis.
Afortunadamente participé con este Gran Coro en 
dos conciertos inolvidables y una representación de Turandot (la que se tenía que haber hecho en el Teatro) ante más de 15.000 personas, en un abarrotado y emocionado Palau Sant Jordi. Era la forma en que todos los que amaban la música, la ópera y Barcelona, querían decir: “Adelante Liceo, tu puedes!"

    Mucha gente me ha preguntado el por qué del nombre del blog: Mi fai dimenticare Iddio. Es la frase, para mí, más impactante de la gran ópera: Tosca de Giacomo Puccini (una de favoritas)

    Me gustaría que vierais/escucharais este vídeo, cantado por uno de los mejores barítonos mundiales y uno de los mejores Scarpias que ha existido, y del que tengo el orgullo de ser gran amiga: Juan Pons.

    La escena transcurre en la iglesia de Sant’Andrea en Roma. El Barón Scarpia, sanguinario y cruel comisario de policía, está “animalmente” enamorado de la diva de la ópera: Tosca, que a su vez está enamorada de Mario Cavaradossi, un pintor revolucionario.

    Scarpia es, como ha habido muchos a lo largo de la historia, el típico  hipócrita desalmado que firma una sentencia de muerte, con la misma mano que se golpea el pecho delante de una Cruz.

    Es tal su obsesión por conseguir el cuerpo de Tosca (no el amor) que al final del primer acto de la opera, él está dentro de la Iglesia donde se está preparando un Gran Tedeum, con obispos, curas, monaguillos, inciensos, parroquianos, etc,etc,etc. Su mente lujuriosa es incapaz de darse cuenta que el acto religioso ha empezado. En un momento, en que los feligreses elevan ya la voz con sus plegarias, él “despierta” de su delirio enfermizo y dándose cuenta que está ya frente al Santísimo, reacciona mientras reconoce en voz alta: Tosca, mi fai dimenticare Iddio…. “Tosca, me haces olvidar hasta Dios”


    ¡Que la fuerza y la magia de la ópera te acompañe!





sábado, 4 de junio de 2016

MIS MARAVILLOSOS VECINOS


En estos tiempos que corren, en que las personas fallecen solas en sus casas, sin que nadie se percate de su ausencia; en que lo más normal es encontrarte con gente en tu escalera, y no saber si es un vecino o el estrangulador de Boston; en que, ¡oh maldición!, nos tocan arriba o abajo, esos otros vecinos que tienen como lema en su vida: “Si yo estoy levantado, que se levante todo el mundo, y si yo todavía no me he acostado, que se fastidien quienes quieran dormir”, tengo que lanzar a los cuatro vientos, la alegría y la suerte que he tenido de vivir en una casa rodeada de vecinos maravillosos.

En octubre hará cuatro años que vivo en ella. Es una casa nueva, pequeña, coquetona y con un diseño un tanto especial. Solo dos plantas, ocho vecinos y una pequeña piscina (nuestra joya  de la corona) que ha servido, a parte de para darnos unos fantásticos chapuzones, para conocernos mucho más entre nosotros. Y es que, desengañémonos, la escasez de ropa, une mucho.

Son todo chicos y chicas jóvenes, en pareja o en solitario, pero que pertenecen a esa extraña juventud, que lleva asociada una palabra difícil de combinar cada vez más: ¡Respeto!

Como podréis comprender yo soy, como algunos me han dicho en broma, la yaya escritora.

Somos una comunidad en la que cada vecino está en su casa y vive su vida, pero que vuela en cuanto a alguien le ocurre algo. A veces, nuestro grupo de whatsApp echa humo porque, como es lógico,cuando hay que discutir, tambien se dicute.

Igual estamos para tomarnos unos mojitos nocturnos al lado de la piscina, como para levantarnos todos, un anhelado día festivo, como nos ocurrió el pasado 24 de septiembre, remangarnos, coger cubos, fregonas y guantes de plástico, y ponernos a limpiar, lo que la fosa séptica de la entrada, había tenido el capricho de sacar, como si de un geiser se tratara. Mejor no describo la escena, ni los olores ¿verdad?

¿Qué hay que estar todos alertas porque parece que algún “amigo de lo ajeno” ha querido entrar en el edificio?, pues montamos guardia. ¿Qué hay que juntarnos para hacer una cena sorpresa de despedida a unos vecinos que regresan a Alemania?, pues nos juntamos, y encima les preparamos unos vídeos para que nos sigan recordando en sus frías noches de invierno.

A mis queridos Miriam (la reina de los mojitos), Rubencillo (no es falta de respeto, es que como es un cachondo, ha insistido en que disminuyera su nombre), y la pequeña Alejandra. El jueves de la semana pasada, la pareja contribuyó a aumentar la comunidad con dos preciosos mellizos: Valeria y Ares.

A la terremoto de Saidac (25 años, ¿qué quieres?) una de las canguros oficiales de Nina, y Manel, el contrapunto que aporta la calma.

A Noe, la eterna sonrisa que, cosas de la vida, nos enteramos que mi empresa es cliente de la suya.

A Belinda y Siscu. Belinda es la veterana de la casa. Vivió una temporada como único habitante y poco a poco nos ha ido viendo aparecer a todos: uno tras otro.

A la “señora presidenta” Magda, una mujer que con muchísimas educación, eso sí, es capaz de cantarle las cuarenta al mismísimo Rajoy que apareciera por el edificio, y la pequeña Laia (una futura bailarina que nació el mismo día que yo, con la diferencia de cincuenta años…..)

A mis dos internacionales vecinos: Yagoda (una joven polaca, con una de las voces más dulces que he escuchado en mi vida. Es como estar oyendo una película de Walt Disney) y Eduardo, su enamorado colombiano.

Y no quiero olvidar a unos amigos que se fueron de la casa: Rocío y Mario con la preciosa Lucia (el primer bebé del edificio) y, por supuesto a mis queridos Júlia y Dani. Alemania y España en perfecta unión. Todos vivimos la alegría de su boda y la pena de su marcha. Pero con todos ellos seguimos en estrecha relación.

A todos, os quiero agradecer el inmenso cariño que me demostráis día a día, vuestro calor, vuestra fuerza, vuestro ímpetu juvenil. Gracias a vosotros jamás me siento sola y tengo la tranquilidad de saber, que con solo enviar un mensaje, estaréis a mi lado.