sábado, 27 de enero de 2018

MI PRIMERA SEMANA DE PRE-JUBILETA


Esta ha sido mi primera semana entera disfrutando de mi nueva vida. 

La semana pasada acabó de la manera más extraordinaria que pudiera imaginarme. 25 amigos (23 físicamente) unidos, llenos de alegría y de ilusión,  dejando muy claro que para ellos, tanto Andreu, como Juan como yo (los tres “abuelos”), formábamos parte ya de sus vidas. Formábamos parte ya de sus historias. 23 compañeros /amigos que nos hicieron esperar en la puerta del restaurante mientras ellos se preparaban dentro, inflando globos donde se podía ver entre ensoñadoras palmeras la frase “Feliz jubilación”. 23 trocitos de nuestras almas que se colocaron cada uno de ellos una careta, con la cara de cada uno de nosotros tres, y nos hicieron la ola en medio de risas y aplausos.

Amigos que se dejaron la imaginación (y el dinero) en hacernos unos extraordinarios regalos, pero lo más importante, donde los besos y los abrazos dados, no de refilón, sino de aquellos que te aprietan y no te sueltan, quisieron acallar los conatos de lágrimas que a veces es tan difícil controlar. No era día para llorar, era día para reír.

¡OS QUIERO!
La foto que comparto con vosotros, y espero que nadie se moleste, la tengo en mi casa, en un sitio de honor.

Doy gracias a la vida por muchísimas cosas, y una de ellas es por haber conseguido que personas, con un abanico de edad tan amplio que abarcaba desde los 25 hasta los 62 años, me miraran con un inmenso cariño y emoción y me llamaran “amiga”.

¿Cómo no voy a estar orgullosa? ¡Me salgo!

Esta primera semana está sirviendo para centrarme un poquito más y para ir aterrizando de esa nube a la que me subí el 13 de noviembre, cuando me propusieron desde las altas esferas de la empresa: ¿Te interesaría una jubilación anticipada?

¿Qué si me interesaría? Quedaba muy mal decirles en aquel momento que llevaba un año esperando esa pregunta. Aunque sé que sabían mi vida, mis aficiones y compartían con ilusión mis proyectos, intenté no echarme encima del director de Recursos Humanos y darle un beso, por aquello de que no pensara que estaba zumbada, pero vamos….poco me faltó.

Y ya han pasado dos meses….¡Es alucinante!

Cuando me despierto por la mañana y hago ese rápido repaso a las cosas más o menos “programadas” para ese día, me entra una especie de vértigo al darme cuenta que lo que estoy viviendo no es un sueño; que aquello que veía tan sumamente lejano hacía unos años, tan imposible de que llegara, ¡ya está aquí!

Y ¿sabéis qué?  Pues que ahora que tengo todo el tiempo del mundo, me vuela casi más que antes.

Todo tiene su lógica. De entrada queridos amigos (no es por daros envidia a más de uno y más de dos) pero me levanto casi tres horas más tarde de lo que llevaba haciendo años y años. Cuando abro un ojo, miro desafiante el despertador (el mudo despertador), y veo que son las cinco y media de la madrugada, ya no lanzo desesperada: ¡Ay no, que me queda solo un cuarto de hora! si no que sonrío maliciosamente, me doy media vuelta y le digo: “Pringao, olvídame”

También hay que reconocer que voy a otro ritmo. Ya no me paso el día como el corre-caminos, haciendo dos o tres cosas a la vez y sin dejar de  mirar el reloj.

Ya no le meto prisa a Nina para que haga sus cosas más rápida, y acelere un poco ese paso de leona, que tanto disfruto ahora.

Ya no le transmito a Maià ese nerviosismo que tanto intentaba disimular. Y si su pasito es lento o inseguro, porque ya no ve los obstáculos, yo también voy despacio, y como dos abuelitas nos paramos en el sol dejando que nos acaricie con esos maravillosos rayos del invierno.

  Y si un amigo me llama por teléfono no dejo que suene  porque no tengo tiempo de contestarle, si no que me siento en el sofá y sonrío cuando me pregunta tímidamente: ¿Tienes tiempo?

Esta semana he hecho muchas cosas, y espero la que viene contaros, sobretodo unas entrevistas que tengo para informarme sobre el mundo del voluntariado.  

Un beso a todos y si hace tiempo que tenéis pendiente esa llamada o ese mensaje a un  ser querido, sentaros en el sofá y marcar un número. ¡Venga, que hoy es sábado!



  


sábado, 20 de enero de 2018

¿QUÉ SE SIENTE?


Todavía con la emoción y los sentimientos a flor de piel después de las últimas semanas, y sobre todo, después de mi “adiós” el pasado lunes a lo que han sido 44 años de trabajo en la misma empresa, quiero expresaros lo que siento.

Miles de veces había pensado cómo sería el último día de trabajo. Ese 15 de enero me lo había imaginado de todas las maneras posibles. ¿Cómo sería esa última bajada del ascensor que me conduciría al principio de una nueva vida?

En mis “sueños” me veía saliendo de la Bolsa llorando, o con una enorme sensación de tristeza y de vacío, o viendo como mis compañeros agitaban sus pañuelos desde las diferentes plantas.

Pensaba que saldría a la calle presa de una especie de borrachera emocional, que casi me impediría saber qué metro debería coger para regresar a casa.

¡Pero no! Nada fue como me imaginé. Me marché el lunes, casi a las cinco de la tarde. Intenté que fuera antes que mis compañeros empezaran a desfilar por el controlador reloj que extrañado me miró pensando: ¿Hoy ya no fichas? Me marché con una enorme sonrisa en los labios, y con la misma tranquilidad que si fuera a volver al día siguiente.

No hubo lágrimas, ni pañuelos, ni pancartas, y no solo lo agradecí, sino que me hizo sentir mucho más libre de lo que nunca me hubiera imaginado.

Llevaba dos días despidiéndome de todos mis compañeros. Dos días repletos de abrazos, de besos, de ojos humedecidos y de lágrimas que libremente querían demostrarme que aquellos 44 años habían valido la pena.

Dos días en que los recuerdos y las anécdotas despertaron de su letargo.

¿Te acuerdas cuando fumábamos juntos aquellos cigarrillos mentolados tan horribles? ¡Pipper!

Sí amigos, yo fui fumadora en mis años de estúpida adolescencia. Esa estupidez que te hace encender el primer cigarrillo por imitar a los demás, o porque te crees que ese será tu bautizo como “mujer fatal”

¿Te acuerdas cuando me llevaste a mi primer concierto de música clásica?

¿Te acuerdas cuando nos fichábamos unos a otros? (Eso ya no se hace. Hablo de cuarenta años atrás……. ¡Ja,ja,ja!)

¿Te acuerdas cuando fuiste a mi boda…..Al bautizo de mi primer hijo….. A la boda de ese primer hijo…?

¿Te acuerdas cuando entré, llena de miedo, y tú enseguida me acogiste y me dijiste: Tranquila. Bienvenida?

¿Te acuerdas…?

Y las vivencias escamparon a sus anchas, felices de resurgir después de tantísimos años.

No hubo despedidas a pie de calle porque, en realidad, nadie vio en mi partida un adiós, sino un: ¡Hasta luego! Porque la gente que me quiere sabe positivamente que yo seguiré estando con ellos; porque los compañeros a los que me une el vínculo de los miles de días compartidos, saben que un simple whatssap volverá a conectarme con ellos y con sus vidas.

Ayer comí con unos amigos en “petit comité”. Estuvimos en un precioso restaurante tailandés que nos gusta mucho, y en donde el mejor de los platos fue el volver a estar juntos. Mañana será una comida con muchos más amigos y compañeros, y estoy segura que las risas vencerán a las lágrimas, y la felicidad correrá como una loca por toda la larga mesa. Nos espera una buena comida vasca:  de aquellas de mojar pan.

Ahora todos me preguntan lo mismo: ¿Cómo te sientes? ¿Qué sensación tienes? ¿Es como si estuvieras de vacaciones? Y mi respuesta es la misma: Estoy en paz, sintiéndome la dueña absoluta de mi tiempo y de mi vida. Ya no hay prisas. Si algo no lo hago hoy pues…. ya lo haré mañana, o pasado. Y si en este momento me apetece más sentarme delante del ordenador a escribir esta publicación, que bajar a la frutería, pensaré:  ¿Verdad que para hoy ya tengo una manzana? Pues ya bajaré mañana a comprar las naranjas.

Por primera vez, desde que tengo uso de razón, no estoy atada a unos horarios. Horarios rigurosos de comidas mientras eres pequeño; horarios disciplinados de colegio, de instituto o de universidad. Horarios implacables desde el momento que comienzas a formar parte del mundo laboral. Horarios, horarios…

¿Y ahora?  ¿Qué pasa si en vez de a las ocho me levanto a las nueve, o si en vez de comer a las dos como a la una o a las tres? ¿Qué pasa si ceno a  las nueve o a las doce? ¿Qué pasa si la función de teatro acaba el domingo a las nueve y media? ¡Como si acaba a las dos de la madrugada! Mañana me levantaré cuando quiera. ¡Libertad!

Desde esta nueva etapa de mi vida, espero ir compartiendo con vosotros mis nuevas experiencias. Tengo muchas ganas de hacer cosas, de dedicarme con toda mi alma a lo que tanto me gusta, que es escribir, y de saborear cada minuto, porque estoy segura que no tendré la sensación que se acaba, sino que es una nota más de una  maravillosa sinfonía. La sinfonía de la vida.