sábado, 19 de agosto de 2017

MI AMADA BARCELONA… YO SÍ TENGO MIEDO


No me importa en absoluto reconocerlo y no creo que el hacerlo me convierta en una mujer menos fuerte.

Sé que tengo miedo porque el pasado 17 de agosto lo tuve ¡y mucho!

Cuando me encontré rodeada de gente que corría y gritaba aterrorizada, yo también corrí. En momentos de pánico y de confusión el sentido común y el raciocinio quedan totalmente anulados. Aún así, supongo que por la curiosidad innata que todos llevamos en la sangre, me paré un segundo y me volví. No había ninguna furgoneta blanca avanzando por mitad de la calle pero ¿y si venían uno o varios terroristas  a pie disparando o acuchillando? No sería la primera vez.

Vi el cielo abierto en forma de Banco de Santander y a unos ángeles vestidos de guardias de seguridad, que abrieron las puertas blindadas del banco (a esa hora por supuesto cerradas) y nos indicaron que entráramos rápidamente en el recinto.

Mi agradecimiento también desde aquí,  a toda la buena gente que protegió en sus establecimientos a los cientos de personas que iban de un lado a otro sin saber dónde guarecerse.

Sí, tuve miedo y reconozco que en aquellos momentos lo único que pensé fue: ¿Dónde me esconderé si llegan a entrar?

Pero en estas situaciones el espíritu de solidaridad salta  por encima de cualquier egoísmo. Con la mejor de mis sonrisas ayudé a calmar a un matrimonio extranjero que lloraban en estado de shock junto con sus dos hijos. Acaricié a los pequeños y con primitivos gestos les explique que allí estábamos seguros, que los vigilantes estaban en la puerta ya cerrada y que esta era automática y no podría pasar nadie (así me auto convencía a mi misma)

La mujer me sonrió y el marido me hizo un tímido gesto con el pulgar hacia arriba.

A mi lado una chica se puso en cuclillas y espontáneamente me cogió la mano. Yo se la apreté guiñándole un ojo y ella me sorprendió diciéndome con una voz casi inaudible: ¿Quieres un caramelo?

Tengo miedo sí, y no es desde el jueves. Todos los barceloneses llevábamos demasiado tiempo con el presentimiento de que algo iba a pasar, más tarde o más temprano. Barcelona es un bombón demasiado sabroso para demasiadas bocas repugnantemente sucias. 

Y tengo miedo porque no nos enfrentamos a un enemigo visible del que puedes intuir su estrategia. Nos enfrentamos a un trozo de carne dirigido y manipulado desde lejos, como si de un robot se tratase. Un trozo de carne que la única leche que ha mamado ha sido la del odio. Un trozo de carne al que le han hecho creer  que para salir de su mierda de vida en su mierda de mundo, debe ser un héroe.

Un trozo de carne que no se da cuenta (porque la carne no piensa) que matando a personas inocentes y absolutamente anónimas no solucionará nada ¡Imbécil!

Pero ¿sabéis también de que tengo miedo?: de mi propia hipocresía.

Este acto terrorista, obviamente, me ha afectado hasta lo más hondo de mi alma pero ¿y las otras veces?

Cuando leo en el periódico o veo en la televisión que “los buenos” para matar a unos “malos” han tirado una bomba al lado de colegio y han matado a 80 niños, o que “los buenos” para destruir un arsenal de “los malos” han lanzado un misil que, porque estaban cerca (también es mala suerte) han destrozado a cientos, miles de seres desprotegidos y víctimas del olvido, pienso: ¡Ostras! y rápidamente paso la página o cambio de cadena porque no quiero amargarme el desayuno o la cena.

Y es que la muerte, en esos países tan lejanos y con esos idiomas tan raros y esas otras religiones…..como que no hace el mismo daño ¿verdad?

Mi querida Barcelona, (mi segunda tierra), posiblemente sea bueno seguir teniendo miedo porque eso hará que estemos más alertas pero, te aseguro, que mi vida va a seguir siendo la misma y voy a seguir paseando por tus calles y gritando a los cuatro vientos: ¡Qué bonita eres!